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Selección y educación

 

No es muy frecuente, por desgracia, que a los veterinarios se nos consulte antes de adquirir un perro, pero cuando se hace casi siempre oímos lo mismo: “¿cuál es la mejor raza?” Hay quién dice que no existe una raza mejor que otra, pero yo en esto, discrepo casi siempre. Si las hay y muchas. Mi experiencia como veterinario me ha llevado a conocerlas casi todas, y cada una de ellas tiene sus peculiaridades, que deben ser tenidas en cuenta a la hora de la elección. Yo lo tengo claro, la raza o el perro a elegir dependerá de las características de la persona (preferencias, estilo de vida, exigencias personales, obligaciones y tiempo libre disponible) que va a compartir su vida con él, y de la disponibilidad de espacio habitable. No debemos olvidar tampoco a aquellos perros que muchas veces de forma despectiva y otras de forma cariñosa llamamos “chuchos”. Esta de sobra demostrada la existencia de una genética del comportamiento y algunos caracteres son más predecibles que otros en función de la raza del animal.

Sirva esta premisa de introducción para lo que en realidad quiero contaros a través de este artículo y que es ni más ni menos, que todo aquello que debéis saber sobre la mejor manera de que vuestro compañero sea un animal equilibrado.

En primer lugar la decisión de adoptar o comprar un perro debe ser consensuada por todos los miembros de la familia. La compra o adopción compulsiva, la mayoría de la veces saldrá mal. Esos preciosos cachorros que dormitan la mayor parte del tiempo, de repente y sin darnos cuenta se volverán más activos y reclamarán, como no, muchísimas más atenciones.

Otro dato que se deberá tener en cuanta es el del sexo, teniendo en cuenta que, objetivamente, aunque hay excepciones, las hembras son más sociables, receptivas, afectuosas e incluso mejores guardianes que los machos.

Debéis saber que desde el nacimiento hasta la segunda semana de vida, el perro no es capaz de percibir prácticamente nada del exterior. Este periodo se conoce con el nombre de neonatal. Aún así algunos autores consideran que la manipulación de estos cachorros en este periodo hace que presenten un desarrollo más rápido y que en estado adulto sean menos reactivos y menos estresables ante estímulos nuevos. Es en torno a la tercera semana cuando el cachorro empieza a “despertar”, a tomar conciencia de lo que le rodea, y a querer participar de lo nuevo. Se han abierto los ojos y los conductos auditivos, el cachorro defeca y orina solo, y socialmente se observan los primeros indicios de juego entre cachorros, así como el reconocimiento de su propia especie. Es el momento ideal para habituarle a ruidos ambientales tales como tormentas o ruidos de alta intensidad. Podemos decir que un cachorro empieza a responder a estímulos auditivos a partir de los 19-20 días de vida, y la orientación hacia estímulos visuales o auditivos no tiene lugar hasta los 25 días de vida aproximadamente.

Un cachorro desarrollado en un ambiente pobre en estímulos es probable que desarrolle fobias a ruidos. Desde este momento, y hasta la séptima semana aproximadamente se desarrolla la etapa denominada de adaptación, conocida técnicamente como de impregnación. En ella, mediante la interacción con su madre y hermanos, el cachorro aprenderá las pautas de conducta por las que se deberá regir en el futuro en todo lo relativo al contacto con otros perros. El desarraigo temprano del ámbito materno de cualquier cachorro marcará en gran manera su comportamiento para con los demás ejemplares de su especie. Será un perro volcado en exceso en su “manada humana”, pero no sabrá interactuar con otros perros. Por ejemplo no aprenderá a subordinarse ante otros ejemplares más dominantes o no sabrá en que punto debe ceder en la lucha por la posesión de cualquier objeto. Dicho del modo más didáctico posible, el cachorro no habrá aprendido a ser perro. Estas situaciones se ven con frecuencia en cachorros que han tenido que ser alimentados por lactancia artificial. Con esta excusa son separados de su madre y hermanos privándoles de lo que hemos llamado fase de adopción. Resulta sencillo mantener a estos cachorros con el resto de su familia natural aunque se les alimente con leche artificial. Caso excepcional será cuando la madre haya fallecido durante el parto o los cachorros hayan sido abandonados por algún propietario irresponsable. Podemos decir que la mayoría de los perros que no han pasado con su madre y hermanos esas semanas tan importantes, serán en el futuro perros sumamente agresivos, especialmente cuando se encuentren fuera de su territorio.

La socialización, es decir el proceso por el que se le debe presentar el mundo cotidiano al cachorro, empieza a las siete semanas de vida. De cara al desarrollo psicológico y conductual del perro, esta etapa es tan crucial como la expuesta anteriormente, la adopción. Esta fase se extiende desde la séptima u octava semana de vida hasta la vigésima aproximadamente. Su inicio coincide con el desarraigo del ejemplar del resto de la camada. Esta etapa coincide con la entrada del perro en casa. Se sabe que los perros tienen una gran capacidad de adaptación a un nuevo entorno (aproximadamente 72 horas). Este es el periodo en que el perro debe aprender a subordinarse a las personas. El perro no tiene el concepto de familia que poseemos los humanos. Para él, la familia es una manada, y buscará su ubicación dentro de la estructura jerárquica de la misma. Por ello, los integrantes del grupo familiar deberán seguir una misma línea de actuación con el cachorro y no ser excesivamente condescendientes con él. Es este uno de los principales problemas que me he encontrado en mis años como veterinario. La disparidad de criterios en un núcleo familiar en cuanto a lo que debe ser consentido o no, lleva al perro a una situación difícil. Lo que unos le permiten, otros se lo niegan y viceversa.

Al cachorro se le insinúan las formas en que debe actuar con suavidad, con la imaginación y la paciencia que sean necesarias. Será el perro quién marque el ritmo de sus progresos en función de la habilidad de su amo y del tiempo dedicado a la tarea. Es importante saber que dada la juventud del cachorro su organismo es sumamente maleable.

En esta fase la curiosidad del cachorro podrá con el sentimiento de miedo, y por lo tanto es el momento idóneo para exponerle al mayor número de experiencias. Ni que decir tiene que se debe hacer paulatinamente, ya que el perro no razona, sino que interactúa por asociación. Se da ante esta situación un grave problema que me atañe directamente como veterinario. Muchos compañeros de profesión recomiendan que el perro no salga de casa hasta que haya finalizado el programa vacunal, que por mucha prisa que nos demos no debe terminar antes 12 semanas. Yo soy contrario a esta medida, ya que dejaremos pasar 4 semanas cruciales para que el cachorro se socialice con el mundo que le rodea. Si lo hacemos con cuidado, los riesgos de adquirir alguna enfermedad vírica indeseable son mínimos. Al familiarizarse con los ruidos, movimientos, aspectos visuales, olfativos y táctiles de la ciudad a partir de la séptima semana de vida, el cachorro los hace suyos. Si los percibe por primera vez posteriormente, puede rechazarlos en menor o mayor grado. Podemos decir que es una fase muy importante ya que es el momento en que en el perro aparece la respuesta al miedo.

Entre los tres meses y hasta la pubertad, aumenta mucho la capacidad motora, lo que se refleja en un aumento en el tiempo que dedica el animal a explorar el ambiente. Durante este periodo se establecen las relaciones de dominancia dentro del grupo, y se promueve la autonomía de cada individuo, que llegará a ser independiente en su madurez. Es muy importante que el perro siga en contacto con personas y otros perros para evitar la “desocialización”.

En cuanto a la educación muchas se hará necesario el castigo natural. Castigar significa emplear un estímulo lo más leve posible, para conseguir la inhibición deseada. Nunca significará pegar o hacer daño físico alguno al perro. Lo mismo es rigurosamente aplicable tanto al cachorro como al adulto. La violencia es siempre contraproducente porque provoca la autodefensa que se manifiesta en respuestas agresivas o de temor. El castigo físico es popular porque ofrece una válvula de escape a la persona. El grito funciona bien porque no se ve venir y, por tanto, no amenaza.

Para inhibir cualquier conducta indeseable la respuesta debe ser inmediata. Podría decir que han sido incontables las veces en que un propietario me ha comentado que él sabe cuando su perro se ha orinado o defecado en casa. Te dicen que la respuesta del perro siempre es la misma cuando llega a casa: agacha las orejas y sale corriendo. Por eso suponen que sabe lo que he hecho. No es así. Lo que sucede es que el perro asocia el olor de sus necesidades con la llegada de su dueño y las riñas que vienen a continuación. Pero lo cierto es que la riña a la llegada ejerce un efecto casi nulo sobre la tendencia a inhibir, que es la acción de hacer las necesidades en casa.

La inhibición de este tipo de conducta es sencilla si estamos lo suficientemente vigilantes cuando estamos en casa. Por ejemplo si vemos que el cachorro ha empezado a orinar en una alfombra, podemos coger un libro grueso y cerrarlo de golpe, produciendo un ruido que corta la micción. De esta manera nos mantenemos al margen del estímulo negativo, porque el perro no relacionara el ruido con nosotros. Hecho esto, debemos coger al cachorro y llevarle al lugar en donde queremos que haga sus necesidades, preferiblemente la calle. Allí, una vez que el perro orine o defeque le premiaremos con caricias y alguna galleta que sea de su gusto. En poco tiempo el perro sabrá relacionar micción, lugar, recompensa.

Al perro no se le pueden explicar las cosas con palabras, sino con hechos.

En la relación humano-perro, sucede una cosa curiosa. Para el perro nosotros somos perros, pero para muchos amos, los perros son personas. Partiendo de esta falsa identificación por parte del dueño pueden surgir graves trastornos en las relaciones humano-perro, que en muchas ocasiones llevan a situaciones cuya solución entraña graves dificultades. Por ejemplo son muchos los propietarios que permiten a sus perros subirse encima de las camas y los sofás o les permiten ponerse en pie encima de ellos. Todas estas cosas que parecen nimiedades pueden desencadenar en perros con fuerte carácter verdaderas situaciones de tensión en el hogar. He tenido clientes que han tenido que dormir en el sofá porque su perro una noche ocupó su cama y les impidió con gruñidos ocuparla. Es también importante que juguéis y os relacionéis intensamente con vuestros perros, pero estas muestras de afecto y esas situaciones de juego, deben partir de vuestro deseo y no del deseo del perro.

Me parece de sumo interés comentaros algo que a mi me parece imprescindible para acercaros más al conocimiento de vuestros perros. El perro, al carecer de un lenguaje de características humanas, vive solamente con su inmediato presente, sin poder proyectar su atención ni hacía el futuro ni hacía el pasado. No puede saber, pensar o entender. Sólo responde. Al perro le resulta imposible hacer un puente en el tiempo para “revivir” las experiencias pasadas o “proyectarse” hacía experiencias venideras.

El perro, a medida que va creciendo y viviendo nuevas experiencias, incorpora nuevas pautas en su repertorio general. La memoria se convierte en algo observable y real. Es el repertorio del comportamiento. Este repertorio es el amortiguador del individuo para con su entorno. En un momento determinado de su vida responderá ante un hecho de acuerdo con su experiencia vivida y con la repercusión que ésta tuvo en su organismo. Entre esto y buscar un dato en el cerebro para sacarlo hay un abismo.

Para la realización del presente artículo me ha sido de gran utilidad la lectura de los cuadernos editados por Eugenio Velilla Jouve, así como los trabajos sobre etología clínica veterinaria de Xavier Manteca.


José Enrique Zaldívar Laguía
Clínica Veterinaria Colores
Pso de Santa María de la Cabeza 68 A.
28045-Madrid

 


Fuente : José Enrique Zaldívar Laguía Volver al listado de artículos


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